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CAVCA VACCEA:                                                                                                                   CAVCA ROMANA:

CAUCA, UNA POPULOSA CIUDAD VACCEA EN LAS CAMPIÑAS MERIDIONALES DEL DUERO

Con una trayectoria histórica ininterrumpida que se inicia en momentos antiguos de la Primera Edad del Hierro y llega hasta la actualidad, esto es, de casi tres mil años, el solar en el que hoy se levanta el pueblo segoviano de Coca fue una de las más populosas ciudades vacceas. La entidad demográfica que, sobre todo en los siglos III-I a. C., llegó a alcanzar, su importancia estratégica y la riqueza de sus clases pudientes hicieron de ella un objetivo militar para los generales romanos implicados en la conquista de las tierras del interior peninsular.

Esta es la razón por la cual las fuentes clásicas la mencionan en varias ocasiones: en el año 151 a. C. con motivo del asalto llevado a cabo por L. Licinio Lúculo—vergonzoso para el honor de la República Romana—, en el 134 a. C. para referir cómo P. Cornelio Escipión trata de asegurarse la amistad y neutralidad de los caucenses durante el cerco de Numancia, y ya en 74 a. C. para dejar constancia del castigo propiciado por el general Q. Pompeyo por haber apoyado Cauca a Q. Sertorio en su lucha contra el dictador Síla.

Pero la ciudad vaccea de Cauca se puede reconocer arqueológicamente como tal desde tiempos anteriores a los de la conquista, pues tras una fase formativa que discurriría entre pleno siglo VI a. C. y mediados del V —en la que ya están presentes las sepulturas de incineración, los primeros objetos de hierro y las cerámicas torneadas, de importación ibérica—, eclosiona en la segunda mitad del siglo V a. C. y comienzos del IV.

Las excavaciones arqueológicas realizadas en los últimos veinte años nos han proporcionado conocimientos relativos al proceso de crecimiento urbano, a su arquitectura doméstica, a las características de alguno de sus viales, a los espacios de talleres, etc., pero sobre todo lo que mejor conocemos es cómo han ido evolucionando físicamente muchos de los útiles y adornos que rodearon la vida de generaciones de vacceos caucenses (recipientes cerámicos, útiles de hueso y de hierro, elementos de adorno personal...).


A pesar de ello, siempre nos parecen insuficientes y ya nos gustaría que todos esos objetos nos susurraran al oído las historias que en torno a ellos ocurrieron y de las que fueron testigos, pero la indagación del pasado conlleva la certeza de que a una parte importante del mismo tenemos absolutamente vedado el acceso.

Al margen de esta realidad en cierto modo frustrante para el historiador, sabemos por las fuentes clásicas (Appiano) que Cauca vaccea estuvo protegida por una muralla, a buen seguro construida con adobes, tapial y madera —materiales habituales de las edificaciones domésticas caucenses—, cuyos restos aún están por ser descubiertos. Teniendo en cuenta que las tres cuartas partes del perímetro urbano de Cauca estuvieron definidas por los tajos labrados por los ríos Voltoya y Eresma —que en época vaccea serían menos abruptos que ahora—, la muralla sólo protegería el flanco más vulnerable, el sur-sureste, que es el que enrasa con la meseta. Sería, por tanto, una muralla parcial, no perimetral. En total, el espacio urbano pudo haber alcanzado las 25 ó 26 hectáreas en los siglos II-I a. C., pues si bien durante cierto tiempo sostuvimos la idea de que su extensión no excedería las 18 ó 20 hectáreas, un análisis más ajustado de los espacios periféricos del yacimiento que se han perdido por causa de la erosión, los corrimientos de tierras de los que tenemos constancia histórica y las destrucciones de época medieval y moderna nos obliga a proponer una extensión mayor de la que suponíamos. Puesto que en todos esos cortados son visibles restos de construcciones vacceas superpuestas que, evidentemente, y por seguridad, no estarían al mismo borde de la caída a los cauces fluviales, sino a una distancia prudencial de los mismos, a la extensión que hoy se puede medir en los mapas topográficos hemos de añadir entre cinco y siete hectáreas más. Por poner un par de ejemplos, sólo en las inmediaciones del castillo mudéjar para extraer la arcilla con la que se construyó fueron arrancadas casi dos hectáreas de la ciudad vaccea y romana; junto a la torre de San Nicolás en época reciente se deslizó hacia el cauce del Eresma un volumen de tierras de cerca de media hectárea.

  
Izquierda: Cerámica anaranjada pintada
Centro: Diversos tipos cerámicos
Derecha: Fragmento de caja excisa

A las dimensiones de Cauca hemos de añadir las tres hectáreas que llegó a alcanzar el "barrio satélite" existente en la meseta del vecino cerro de Cuesta del Mercado, localizado en su extremo occidental concretamente. Y es que al otro lado del Eresma Cauca contó con una aldea aneja que estuvo ocupada de forma permanente desde la Primera Edad del Hierro (fase plena de la cultura del Soto) hasta mediados del siglo I a. C. en que se deshabitó. Quienes residieron en este barrio debieron de tener cierta autonomía respecto al núcleo principal, pues dispuso de sistema propio de protección urbana: un foso que perfectamente se reconoce en las fotografías aéreas e incluso a pie de yacimiento, y es posible que un complemento aéreo construido en materia lígnea, una especie de empalizada, aunque esto último es una suposición que sólo la excavación podría confirmar o desmentir.

De la trama urbana existente en cada uno de estos núcleos, en Cauca y en su barrio satélite, poco es lo que sabemos, debido a que en éste nunca se ha intervenido arqueológicamente y en aquél el terreno excavado hasta ahora es de sólo unos cientos de metros cuadrados distribuidos por todo Coca, aunque contamos también con datos procedentes de vaciados de obras. De Cauca sabemos que las casas eran de planta rectangular, construidas con adobe, tapial, madera y muy poca piedra, tenían una sola planta, las cubiertas eran de ramajes sobre estructura de madera, las paredes interiores estaban enfoscadas y después encaladas o pintadas de blanco, unos suelos eran de tierra prensada pero otros de placas de barro cocido, ya disponían de rodapiés de barro de sección en cuarto de círculo y contaban con pequeñas construcciones anejas usadas como almacén o despensa. Cauca vaccea era una ciudad de barro y madera, muy vulnerable, por tanto, al fuego, ya que los hogares se situaban dentro del espacio doméstico. En numerosas excavaciones hemos podido documentar construcciones superpuestas unas a otras y todas ellas destruidas por incendio. El único tramo de vial hasta ahora descubierto, un callejón realmente, tenía unos dos metros de anchura y era de tierra, pero desembocaba en un espacio abierto. Cauca vaccea no debió de ser un núcleo poblacional de abigarrado y asfixiante caserío, sino que dispuso de espacios sin construir.

Era una ciudad-estado autónoma política y militarmente, dirigida por un Senado (Appiano) y una aristocracia guerrera similar a las existentes en las ciudades de la Celtiberia. Son estas élites gobernantes las que establecieron pactos de amistad con poblaciones vecinas, las que decidían con quiénes aliaban sus fuerzas para obtener un mayor beneficio económico y seguridad, bajo qué normas se explotaba el agro y con qué prioridades, etc. Su control efectivo no sólo se ejercía sobre los ciudadanos de Cauca y sus recursos, sino también sobre un territorium que presumimos amplio pero de cuyos límites apenas sabemos nada, aunque sí nos consta cómo hubo de tener una baja densidad demográfica. A juzgar por la estructura social existente en poblados meseteños coetáneos en los que se han excavado sus necrópolis, la sociedad caucense debió de estar organizada piramidalmente, de manera que la riqueza generada por la clases medias y bajas, por los campesinos, artesanos y comerciantes, tendría como principales beneficiarios a las élites gobernantes. Parece lógico pensar que los 100 talentos de plata (unos 2.600 kg) que Lúculo arrancó a los caucenses en el año 151 a. C. en concepto de indemnización de guerra salieran de las arcas familiares del grupo de los potentados y mercaderes, y fueran el fruto de décadas de amasar riqueza. Botín que, con toda seguridad, estaría formado por denarios, recipientes, joyas, recortes, pequeños lingotes, etc.

  
Izquierda: Acequia vaccea excavada junto al alfar del siglo III a. C.
Centro: Fíbula con puente de cabeza de lobo
Derecha: Hebilla de dos garfios realizada en plata

De nuevo los autores clásicos, pero sobre todo la arqueología, demuestran que los pilares económicos de Cauca fueron la agricultura extensiva de cereal y la ganadería, pues considerables son los volúmenes de trigos carbonizados y de restos faunísticos que han aparecido en varias de las excavaciones practicadas. En alguna ocasión hemos podido documentar hasta un estrato de unos 15 cm de potencia formado íntegramente por trigo carbonizado que debió de estar envasado en sacos de esparto, no en tinajas, y sus restos, lógicamente, han desaparecido. El tercer pilar viene constituido por un sector artesanal que sabemos importante y diversificado gracias a la exhumación de abundantes escorias de hierro (calle Azafranales, 5) y de bronce, trozos informes de plata, de los restos de un alfar para la producción semi-industrializada de cerámica, de concentraciones de fusayolas y pesas de telar, materias colorantes para teñir, útiles y adornos de hueso y marfil, etc. De todas las especialidades artesanales presentes en Cauca brilla con luz propia, por su excepcional calidad, la cerámica. Entre los siglos quinto y primero antes de Cristo se estuvieron fabricando y usando diversas especialidades: a mano con decoración a peine, a torno anaranjadas (lisas, pintadas monocromas, bícromas y polícromas, impresas, incisas), grises bruñidas que imitaban prototipos argénteos, etc. El catálogo de formas, sobre todo de las anaranjadas, es extensísimo y las imágenes pintadas o grabadas en muchos de esos vasos, de cronología ya tardía (peces, cuadrúpedos, aves, motivos astrales, etc.) trascienden en ocasiones lo puramente decorativo para instituirse en documentos iconográficos que nos transportan al mundo de las creencias, las aficiones, las relaciones sociales e incluso los miedos de los vacceos caucenses. Igualmente en cerámica se fabricó un extenso catálogo de objetos que por su originalidad denominamos singulares (cajitas excisas, figurillas zoomorfas y alguna antropomorfa, ralladores, soportes enrejillados quizá para uso de mesa, etc.).

Hasta la primera mitad del siglo II a. C. la actividad económica caucense se desarrolló conforme a unos procedimientos seculares arcaicos, pero a partir de esos momentos empezó a hacer uso de la moneda, con lo que poco a poco irá entrando en un sistema referencial de valor de corte moderno. La recuperación de moneda romana republicana, cartaginesa e indígena (ibérica y celtibérica), tanto de plata como de bronce, indica que la actividad comercial —y quizá militar— de los vacceos de Cauca en estos siglos postreros era muy fluida y estuvo orientada en múltiples direcciones. Lejos de ser una población abatida y empobrecida, como pudiera pensarse por los golpes recibidos de los generales romanos, la Cauca de las centurias II y I a. C. fue más rica, dinámica y populosa que la de siglos anteriores.

Contrasta enormemente con esto el hecho de que aún desconozcamos, para esta fase y para los siglos IV y III a. C., todo lo relativo al mundo funerario de los vacceos caucenses. Bien porque fueron destruidas en época romana, medieval o moderna, o bien porque los restos parciales que puedan haber llegado a nuestros días aún se nos siguen resistiendo a su localización, lo cierto es que no sabemos cuántas necrópolis hubo de tener y dónde estuvieron ubicadas, aunque estamos convencidos que se situarían al sur y sureste del núcleo habitacional. La localización hace unos años de tres sepulturas de incineración en pleno terrazgo de Los Azafranales, fechadas a finales del siglo VI a. C. o ya dentro del V, sugiere la posibilidad de que los cementerios antiguos fuesen incluso destruidos por los vacceos más modernos en su proceso de crecimiento urbano. Para en cierto modo compensar la situación de Cauca, en su barrio satélite situado en el cerro Cuesta del Mercado sí nos consta que dispuso de dos espacios funerarios.


Izquierda: Excavación de restos arqueológicos vacceos
Derecha: Estructuras vacceas

Esta carencia de información sobre el mundo funerario de los vacceos caucenses nos obliga a hacer extensibles a éstos los conocimientos que emanan de otras necrópolis vacceas (por ejemplo, la de Las Ruedas, de Pintia), pero también hipoteca seriamente nuestro conocimiento de los elementos específicos, locales, que, sin duda, hubieron de existir en Cauca. Al mismo tiempo, esta situación merma considerablemente nuestras posibilidades de conocer y entender cuánto de singular tuvieran la mentalidad religiosa de los caucenses y sus prácticas (ritos, ceremonias, etc.). Es evidente que los caucenses tuvieron que contar con numerosos espacios destinados al culto, tanto rurales como urbanos (santuarios domésticos, quizá comunitarios o incluso gentilicios), pero ni las fuentes escritas ni la arqueología nos han posibilitado su conocimiento. Por ser la vaccea una etnia con un importante componente cultural de filiación céltica, las divinidades a las que rendirían culto serían las propias del panteón celta: Lug, Epona, las Matres, Esus, Cernunnos, los Tokoitei o Togoti, etc. Estos últimos son los únicos que, por cita de Appiano, nos constan en Cauca, aunque de manera elíptica. Si consideramos que eran los dioses garantes de los pactos y que el autor alejandrino refiere cómo los caucenses los invocaron ante el injustificado ataque de Lúculo del año 151 a. C., hay que pensar, con toda seguridad, que se refiere a estos dioses que aparecen en numerosas inscripciones de las áreas celtibérica y vettona.*

Juan Francisco Blanco García, profesor titular de Prehistoria, Universidad Autónoma de Madrid


* Este trabajo se ha desarrollado en el marco del Proyecto de Investigación de I+D+i (2004-2007) Vacceos: identidad y arqueología de una etnia prerromana en el valle del Duero (HUM2006-06527/HIST), de la Dirección General de Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia.



Fuente: Vaccea 2008 número 2, junio de 2009
www.pintiavaccea.es


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